22/2/2026 Observatorio de Bioética. Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.
Estos se utilizan tanto para la identificación humana a partir del ADN en el ámbito de la medicina forense o legal como para detectar, en el ADN de una persona, la presencia de alelos relacionados con enfermedades u otros caracteres hereditarios. Dado que la identidad genética se mantiene a lo largo de toda la vida, estos diagnósticos pueden realizarse en cualquier momento, desde la fase embrionaria hasta la edad adulta.
El Diagnóstico Genético Preimplantatorio (DGP) consiste en el análisis del ADN de una muestra celular de embriones obtenidos mediante técnicas de fecundación in vitro, ya sea convencional o mediante ICSI, con el fin de evitar la implantación de embriones portadores de alteraciones génicas. Esta tecnología se utiliza desde hace varias décadas para la detección de patologías hereditarias debidas a sistemas mendelianos simples o monogénicos, como muchas de las responsables de errores congénitos del metabolismo, así como otras fácilmente detectables mediante PCR. Sin embargo, en la actualidad se plantea ir más allá: no solo evitar enfermedades, sino seleccionar los embriones considerados más “prometedores” según determinados rasgos deseables o, incluso, modificarlos genéticamente.
En este contexto se sitúa PolygenX, un proyecto de la startup estadounidense Heliospect Genomics, que tiene previsto cotizar en bolsa y cuyo objetivo declarado es mejorar la salud y el bienestar humanos mediante la predicción genómica basada en el análisis del ADN. Para ello emplea algoritmos que analizan datos genéticos obtenidos por DGP, aprovechando el conocimiento acumulado sobre la genética de enfermedades y otros caracteres humanos. La propuesta consiste en predecir las características de los hijos concebidos mediante fecundación in vitro y, en función de dichas predicciones, seleccionar o descartar embriones según sus rasgos genéticos previstos: enfermedades, coeficiente intelectual (CI), longevidad, características físicas, entre otros. Entre sus objetivos, Heliospect afirma poder ofrecer una mejora superior a seis puntos de CI basándose en datos biomédicos del UK Biobank. Esta práctica no es legal en Europa, salvo en el Reino Unido, pero sí en Estados Unidos, donde se presenta como un simple asesoramiento genético orientado a la predicción de rasgos específicos en embriones individuales. Según la propia empresa, esta práctica ya se estaría aplicando en el Reino Unido para la selección de embriones en varias parejas.
A pesar de estas limitaciones, en Estados Unidos algunas compañías, como ‘Manhattan Genomics’ y ‘Preventive’, con sede en California, tratan de ampliar su actividad más allá de la prevención de enfermedades graves, orientándola hacia la detección de habilidades cognitivas, intelectuales, características físicas o comportamientos considerados deseables, con la pretensión de mejorar el bienestar individual y social. Estas iniciativas cuentan con el respaldo de determinados sectores elitistas pertenecientes a las clases intelectual y económicamente dominantes, incluidos algunos de los protagonistas del éxito tecnológico de Silicon Valley, así como con la postura favorable de la administración Trump hacia las nuevas tecnologías.
‘Manhattan Genomics’,—cuyo nombre evoca el programa secreto de investigación y desarrollo que condujo a la creación de las primeras armas nucleares durante la Segunda Guerra Mundial— se propone modificar el núcleo celular, sede de la información genética, para construir un futuro en el que ningún niño herede enfermedades prevenibles y sí caracteres considerados deseables. Su lema es que “la prevención es la forma de atención más compasiva”. Para ello, no solo plantea la detección de patologías genéticas, sino también el uso de técnicas de edición génica de precisión, como CRISPR/Cas9, con el objetivo de corregir enfermedades hereditarias en el embrión antes de que afecten a los hijos y a las generaciones futuras. La empresa se presenta como guiada por una profunda responsabilidad ética y rechaza una moratoria global permanente sobre la corrección genética de la línea germinal, defendiendo que esta tecnología puede desarrollarse con cuidado, transparencia y criterios éticos. Ante las actuales reticencias por la falta de seguridad, afirman comprometerse a generar confianza, evitar el secretismo y actuar sin atajos ni promesas exageradas. De hecho, ya han constituido un pequeño equipo científico que planea iniciar experimentos con ratones, continuar con primates y células humanas y, finalmente, trabajar con embriones humanos.
Por su parte, ‘Preventive’ también apuesta por la aplicación de la edición génica mediante CRISPR/Cas9 en embriones humanos y afirma que su objetivo es determinar, a través de un riguroso trabajo preclínico, si esta tecnología puede desarrollarse de forma preventiva y segura para evitar el nacimiento de bebés con enfermedades graves. Sostienen que, incluso si se concluyera que estas aplicaciones no son seguras, dicha conclusión sería igualmente valiosa para la comunidad científica y la sociedad. La empresa pretende reunir a científicos líderes en edición génica, especialistas en reproducción y desarrolladores de fármacos para llevar a cabo una investigación preclínica exhaustiva que evalúe la seguridad antes de cualquier aplicación clínica. Asimismo, advierten de que la falta de una vía regulatoria clara y la participación limitada de expertos han creado un escenario propicio para que grupos marginales adopten atajos peligrosos, con el consiguiente riesgo para los pacientes y para una investigación responsable.
Nos encontramos, por tanto, ante un cambio de gran calado. Ya no se trata solo de analizar, seleccionar o descartar embriones, sino de modificarlos genéticamente. Esto implica un doble riesgo. Por un lado, la inseguridad inherente a unas técnicas que no garantizan un éxito del cien por cien y que pueden producir efectos colaterales no deseados, alterando regiones del genoma distintas de las dianas moleculares previstas y generando errores en la línea germinal transmisibles a futuras generaciones. Por otro, la dificultad de comprender no solo las secuencias génicas, sino también los factores epigenéticos y ambientales que influyen decisivamente en los caracteres complejos.
En este sentido, resulta erróneo pensar que rasgos como la inteligencia, la longevidad, la empatía, la emotividad o la agresividad estén determinados exclusivamente por los genes y que, por tanto, puedan ser modificados genéticamente de forma directa. La realidad es que los genes no lo determinan todo en el ser humano. El desarrollo intelectual, la conducta y otros rasgos que se configuran tras el nacimiento se forjan a lo largo del tiempo bajo la influencia del entorno familiar y social, la educación, las relaciones personales, la alimentación y otros factores externos, que modelan la personalidad al margen de la información genética. A ello se suman los factores epigenéticos, que contribuyen de forma decisiva a la individualidad humana. Si se desea tener hijos más sanos, mejor educados o con mayores capacidades intelectuales, resulta mucho más eficaz fomentar el esfuerzo personal, la educación, la formación intelectual y una vida saludable que intentar modificar los genes. En el ser humano, no todo es cuestión de genes y, probablemente, ni siquiera constituyen el factor más importante.
Consideraciones bioéticas sobre el DGP y la edición génica en embriones humanos
En primer lugar, es necesario insistir en que no es ético instrumentalizar a los embriones humanos. Se trata de vidas humanas en una fase temprana de desarrollo y, por tanto, no cabe una valoración moral positiva de prácticas que implican su selección o eliminación, ni tampoco la aplicación de técnicas inseguras, por muy prometedoras que sean sus expectativas.
Cabe preguntarse, además, qué ha cambiado desde que, en diciembre de 2015, las Academias Nacionales de Ciencias y Medicina de Estados Unidos promovieron una Cumbre Internacional sobre la Edición de Genes Humanos, en la que se solicitó una moratoria voluntaria para la aplicación de CRISPR-Cas9 en la modificación de la línea germinal y en embriones humanos destinados a la implantación.
Conviene recordar el episodio de noviembre de 2018, cuando el investigador He Jiankui, de la Universidad de Shenzhen (China), anunció el nacimiento de dos niñas a partir de embriones modificados genéticamente para alterar el gen CCR5, asociado a la resistencia al virus del VIH. Este experimento supuso un salto imprudente al aplicar la tecnología en embriones implantados, desoyendo la moratoria y los riesgos conocidos. Un editorial de la revista Nature subrayó entonces la necesidad de crear un Observatorio Internacional Interdisciplinario para encauzar este tipo de investigaciones en centros de innovación biológica [1].
Pese a ello, surgieron voces contrarias a la moratoria, como las de los bioeticistas utilitaristas Julian Savulescu y Peter Singer [2], o del biólogo sintético transhumanista George Church [3], favorables a la edición de la línea germinal con fines de mejoramiento humano.
La selección y manipulación del perfil genético de los seres humanos constituye, en la práctica, una forma de eugenesia [4]. Esta “neoeugenesia” o “eugenesia liberal”, al igual que la eugenesia social de principios del siglo XX, valora a las personas en función de sus características genéticas. La diferencia es que ahora no se selecciona a los progenitores, sino a los hijos, permitiendo la eliminación de miles de embriones cada año en los centros donde se aplica, ignorando que cada embrión eliminado es una vida humana en su fase inicial de desarrollo. A ello se añade el riesgo de introducir alteraciones genéticas con consecuencias imprevisibles para las generaciones futuras.
Han transcurrido casi treinta años desde la aprobación de dos declaraciones internacionales fundamentales en el ámbito de la investigación biomédica y los derechos humanos. El Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina, o Convenio de Oviedo, aprobado el 4 de abril de 1997, subraya en su preámbulo la necesidad de respetar al ser humano como persona y como miembro de la especie humana, garantizando su dignidad frente a prácticas inadecuadas de la biología y la medicina. Su artículo 18 establece que, cuando la experimentación con embriones in vitro esté permitida por la ley, debe garantizarse una protección adecuada del embrión y prohíbe expresamente su creación con fines de experimentación.
Por su parte, el primer artículo de la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos de la UNESCO, aprobada en París el 11 de noviembre de 1997, afirma que el genoma humano es la base de la unidad fundamental de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad intrínseca, considerándolo simbólicamente patrimonio de la humanidad.
Resulta lamentable que un país puntero en investigación biomédica como el Reino Unido, impulsor del controvertido concepto de “preembrión” para los embriones in vitro de menos de 14 días, no se adhiriera al Convenio de Oviedo y haya promovido algunas de las innovaciones tecnológicas menos respetuosas con la vida humana en sus primeras etapas, como los embriones quimera humano-animal, la figura del “hermano salvador”, los embriones triparentales o la edición genómica en embriones. Muchas de estas prácticas han sido adoptadas posteriormente por otros países, especialmente Estados Unidos y China, donde se desarrollan algunas de las iniciativas más arriesgadas para la vida humana embrionaria.
En el caso de España, el referente en investigación biomédica debería seguir siendo el Convenio de Oviedo, al que se adhirió desde sus inicios, así como el Código de Deontología Médica, que afirma que el ser humano es un fin en sí mismo en todas las fases del ciclo biológico, desde la concepción hasta la muerte. Sin embargo, la Ley de Técnicas de Reproducción Asistida de 1988 y sus sucesivas reformas introducen el término “preembrión”, reduciendo el estatus moral de los embriones humanos de menos de 14 días y dejándolos expuestos a su instrumentalización.
En conclusión, las tecnologías del DGP y de la edición genómica en embriones humanos no solo resultan éticamente inaceptables por implicar la eliminación de miles de vidas humanas, sino que además están claramente sobrevaloradas en cuanto a su eficacia y seguridad reales. No conocemos los genes que determinan muchos de los caracteres que se prometen mejorar, y estas prácticas suponen una grave amenaza para la vida humana en su etapa más vulnerable. A pesar de ello, asistimos al auge de nuevas empresas biotecnológicas dispuestas a desafiar los límites éticos y a ampliar el campo de la manipulación genética humana, como ‘Manhattan Genomics’, ‘Preventive’, ‘Bootstrap Bio’ u ‘Orchid Health’, junto a otras iniciativas de alto riesgo, como la pretensión de recrear especies extinguidas promovida por ‘Colossal Biosciences’.
Nicolás Jouve
Catedrático Emérito de Genética de la Universidad de Alcalá
Miembro del Observatorio de Bioética
Universidad Católica de Valencia
Referencias
[1] Jasanoff S, Hurlbut JB. A global observatory for gene editing. Nature. 2018 Mar 22;555(7697):435-437. doi: 10.1038/d41586-018-03270-w.
[2] Savulescu J, Singer, P. An ethical pathway for gene editing. Bioethics. 33 (2019) 221.
[3] Church G. Compelling Reasons for Repairing Human Germlines. N Engl J Med. 2017 Nov 16;377(20):1909-1911. doi: 10.1056/NEJMp1710370.
[4] Rieger R,Michaelis A, Green MM. Glossary of Genetics and Cytogenetics. Springer-Verlag, Berlin 1976).


