Mutilación genital femenina

El Ministro de Justicia, José María Michavila, acaba de anunciar el propósito de su Ministerio de remitir en breve a las Cortes un proyecto de Ley para penalizar la mutilación genital femenina. 

Esta medida, apoyada por todos los grupos parlamentarios, está en la línea de las propuestas debatidas en ambas Cámaras durante el curso parlamentario anterior y que se concretó en la aprobación el 19 de Junio de 2001 de una proposición no de ley para la erradicación de la práctica de la mutilación genital femenina en cualquiera de sus manifestaciones.

Alrededor de 135 millones de mujeres en el mundo han sufrido esta práctica, legal todavía en 38 países mayoritariamente del África subsahariana y de Asia, y tolerada en bastantes más. Cada año otros dos millones de mujeres y niñas están en riesgo de padecerla. Numerosas organizaciones profesionales nacionales e internacionales se han posicionado en contra de la ablación de clítoris, que constituye una verdadera mutilación genital femenina. La Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia se oponen abiertamente a ella. Desde 1995 la Asociación Médica Americana recomienda con énfasis que se denuncien todos los casos conocidos, al tiempo que señala la importancia de iniciar campañas de educación cultural entre los grupos de población donde esta práctica tiene una profunda raigambre cultural o religiosa. En varios países occidentales como Suecia, Noruega, Australia o el Reino Unido la ablación de clítoris esta prohibida expresamente por ley y perseguida.

El problema, sin embargo, no es sencillo y el recurso al código penal no es la solución o, al menos, una solución definitiva. Es preciso que estas medidas legales vayan acompañadas por medidas de sensibilización, educación e información a los inmigrantes que vienen con estas prácticas.

No se puede defender un supuesto derecho a la mutilación genital femenina basándose en el respeto a otras culturas distintas a la nuestra. Es cierto que la sociedad multicultural y multiétnica que existe desde hace años en Alemania, Francia o el Reino Unido, comienza a ser una realidad entre nosotros. Es también cierto que el camino de la integración no debe basarse en la imposición de las ideas o de los modos de vida. Debemos respetar no sólo a las personas, sino también sus creencias y costumbres, pero no a cualquier precio, o no todas. Un ejemplo claro es la ablación de clítoris, cuyas secuelas físicas y psicológicas constituyen un atentado contra el principio de no-maleficencia, de no hacer el mal; y contra la esencia de la Medicina que se basa en la confianza entre el médico y el paciente y en la promoción de la salud. No tendríamos ninguna duda en condenar el canibalismo aunque sea una práctica cultural ancestral de algunos pueblos. La mutilación genital femenina vulnera el derecho de la mujer a la salud y el bienestar. La ablación clitoridea debe verse como una forma de maltrato y una violación de los derechos de la mujer que no puede justificarse en nombre de la tradición o de la cultura. La realización de una práctica cultural que daña la salud de la mujer e interfiere en su sexualidad no tiene ninguna defensa desde el punto de vista ético.

Pero junto a esta rotunda afirmación se necesitan programas continuados de educación para los padres y las propias niñas y jóvenes en los que, partiendo de una fina sensibilidad sobre el significado de esta costumbre en su tradición – señal de identidad de grupo, garantía de la virginidad y el honor familiar, valor añadido para conseguir un buen matrimonio, etc.- se proporcione una información objetiva de las consecuencias negativas que la infibulación (ablación de clítoris) puede causar en la niña y en la mujer. En suma, una verdadera labor de prevención. Por ejemplo, la ablación de clítoris en algunos grupos africanos se enmarca dentro de la transición de la niñez a la adolescencia y se acompaña de otras ceremonias y ritos (canciones, danzas, juegos…) que de por sí tienen un carácter enriquecedor. Se trataría más bien de mantener ese sentido de la fiesta, pero sin la práctica de la ablación de clítoris.

A tenor de lo señalado en este artículo podría verse a la ética como un factor limitante a la tolerancia ante otras culturas cuando no lo es en sus fundamentos, aunque en algunos aspectos prácticos pueda parecerlo. La Bioética se basa en la dignidad personal, que implica que toda persona tiene derecho a que se le reconozca como un ser que es un fin en sí mismo y no un medio al servicio de los fines de cualquier otra persona. El respeto a la identidad cultural o a las tradiciones de un grupo determinado tiene como límite ese respeto a la persona. Cualquier práctica que atente contra este principio, no puede ser justificada.



Dr. José Manuel Moreno Villares
Pediatra. Hospital Doce de Octubre. Madrid
(Revista Médica nº 24, Enero 2003)