Ética en la gestión de listas de espera

La primera aproximación al problema de las listas de espera parece tener una respuesta sencilla: «Las listas de espera son un síntoma de la escasez de recursos». Esta visión simplificada del problema, no se ajusta a la realidad, y ya ha quedado demostrado en la experiencia de otros países, que el destinar más recursos no es la solución.

La realidad es que las listas de espera generan preocupación, angustia personal y familiar, puede conducir al empeoramiento de la enfermedad ó discapacidad crónica, bajas laborales prolongadas, y en ocasiones accidentes graves o incluso el fallecimiento.

La realidad de la medicina actual es que cada día se emplean más métodos diagnósticos y se aplican tratamientos más complejos y costosos. La cifra de población a atender aumenta, con una mayor tasa de envejecimiento al existir una mayor expectativa de vida, más información y nivel cultural en nuestra sociedad, con un nivel de exigencia también mayor, y todo esto con un gasto sanitario que en los últimos años tiene un crecimiento escaso.

El acceso inmediato es imposible en un sistema sanitario complejo. La lista de espera tiene un aspecto positivo, y puede ser un instrumento adecuado para la distribución de los recursos si las condiciones de escasez son moderadas y siempre que el tiempo de demora en la atención sea limitado. La dificultad es llegar a un acuerdo sobre que se entiende por tiempo de demora adecuado. Permite una mejor organización y gestión de los recursos; esto, que en cirugía es fácilmente entendible, no lo es tanto sin embargo cuando pensamos en listas de espera para pacientes crónicos, enfermos mentales ó geriátricos.

No es objetable desde un punto de vista moral la existencia de listas de espera con vistas a una planificación racional de los servicios, siempre que el objetivo sea promover el beneficio de los pacientes, así como el uso más adecuado de los servicios e instalaciones. En palabras de Henk ten Have lo importante es que los criterios que regulan su existencia y utilización sean realmente aplicados en la práctica. Desde el punto de vista ético surgen dos preguntas: ¿Contribuyen a una distribución justa de los recursos?, ¿Son aceptables los criterios de inclusión y clasificación?.

 

 

 

A la primera pregunta la respuesta es que debe existir una mejor gestión de los recursos, implicando más a los médicos en su función de gestores. Debe existir una utilización más crítica de las tecnologías médicas que tenemos a nuestra disposición, recuperar el control con una mayor toma de decisiones y restablecer la capacidad discriminatoria de los principios de selección. También, que duda cabe, no se debe olvidar la necesidad permanente de aumentar el gasto sanitario para mantener un nivel de medicina acorde con las necesidades de la población.

Se han barajado repetidamente cuales deben ser los criterios de estructuración de una lista de espera. Los criterios deben ser de selección: orden de llegada, necesidad de atención médica y posibilidad de beneficiarse del tratamiento; y criterios de admisión y posición en la lista: asistencia curativa – criterios médicos, y de cuidados – criterios médicos y sociales. Atendiendo a estos principios se debe asegurar la trasparencia, evitar que se traten de la misma forma diferentes enfermedades, primar la gravedad y la urgencia y ofrecer a igual necesidad igual tratamiento en la lista. Todo esto debe evitar que existan manipulaciones en el orden, así como evitar que sea un instrumento de presión o influencia por parte de directores, administradores y profesionales.

Debe de existir una mayor información a la sociedad para que esta tenga una mayor sensibilidad de lo público, establecer prioridades y no limitaciones y la adopción de valores éticos en el tratamiento de las listas de espera.